El Adviento nos invita a rezar: “¡Ven, Señor Jesús!” y a vivir con un sentido de espera esperanzada. Nos recuerda que la vida no está destinada a sentirse completamente terminada o perfecta todavía. En cambio, mantenemos nuestros corazones abiertos, confiando en que Dios traerá la verdadera plenitud en su propio tiempo. Este espíritu de espera nos ayuda a mantenernos despiertos, conscientes y preparados para la gracia.
Perdemos esta actitud de Adviento cuando esperamos que otros, o la vida misma, satisfagan todas nuestras demandas. Si insistimos en que nuestras preocupaciones deben desaparecer o que todo debe salir exactamente como lo imaginamos, nos cerramos a la esperanza. Preguntarnos “¿Por qué me pasó esto?” nos impide aceptar el panorama más amplio y generoso de Dios.
Decir “¡Ven, Señor Jesús!” es un acto de confianza. Significa elegir vivir con paciencia, incluso cuando las cosas están sin resolver, y aun así encontrar la paz. La esperanza cristiana cree que Jesús ya nos ha encontrado en nuestras luchas pasadas y volverá. Por ello, esta oración no es un grito de miedo, sino una expresión confiada de esperanza para todo el mundo.
Tómate un momento para la reflexión personal en este Primer Domingo de Adviento:
- ¿Crees que estás realmente dispuesto a renunciar a tu vida para no ofender gravemente a Dios cuando cometes un pecado venial, con tal de evitar alguna corrección o reproche?
- ¿Puedes decir honestamente que conoces a Dios profundamente si no sientes deseo de entregarle toda tu vida, al mismo que buscas?
- ¿Es genuina tu paciencia si solo la muestras con aquellos que prefieres o solo cuando te conviene?
- ¿Puedes llamarte amoroso si tu bondad se extiende solo a quienes ya te aman?
- Si fueras sinceramente humilde, ¿encontrarías algo en ti que creas que merece alabanza o admiración?


