“¿Cuánto va a tardar esta cola?”, “¡Llevo siglos atascado en el tráfico!”, “¿Cuándo dejará de hablar este profesor?” Son preguntas y frases que solemos escuchar a nuestro alrededor, fruto de una espera no deseada y, a veces, prolongada.
Si miramos la Biblia, encontramos varias figuras que esperaron: algunas con alegría, otras con dolor. Entre ellas vemos a Abraham y Sara, que esperaban un hijo; a Zacarías, que quedó mudo mientras aguardaba el nacimiento de Juan junto con Isabel; y a María, que esperaba el nacimiento del Mesías. Al mismo tiempo, encontramos a Job lamentándose ante Dios, agobiado por su espera en tiempos difíciles. En efecto, dice:
“Como el siervo que anhela la sombra, o el jornalero que espera su salario, así me han tocado meses de desengaño, y noches de sufrimiento me han sido asignadas. Cuando me acuesto, digo: ‘¿Cuándo me levantaré?’ Y al levantarme, pienso: ‘¿Cuándo llegará la noche?’ Y me harto de dar vueltas hasta el amanecer.” (Job 7,2–4)
Sin embargo, en este tiempo de espera también encontramos terreno fértil para la oración. Movida por la alegría, María alaba al Señor con su Magníficat; Isabel se alegra por lo que el Señor ha hecho con ella; mientras que Job, en su dolor, derrama su corazón ante Dios. Un claro ejemplo de oración en la espera es el mismo Jesús, quien, mientras aguardaba su pasión, “se arrodilló y oró” con profunda angustia en el huerto de Getsemaní (Lucas 22,44).
Como estas figuras, nosotros también nos encontramos a menudo esperando, a veces con gozo, otras con tristeza. Como vemos en estos episodios bíblicos, las obras de Dios suelen requerir una espera que no siempre es fácil. Ya sea que estemos discerniendo nuestra vocación, esforzándonos por formarnos o caminando por la vida buscando crecer continuamente en el amor a Dios, esa espera puede despertar inquietud en nuestro interior.
No obstante, nuestra respuesta debe ser entregarnos de todo corazón a la oración. Así, mientras esperamos, vivimos el momento presente con serenidad, como hizo nuestra Madre María, mientras nuestra alma “proclama la grandeza del Señor” (Lucas 1,46). De este modo, nuestra espera no será vacía ni pesada, sino consoladora, llenando nuestros corazones con la alegría que solo Dios puede dar.
Bernard Pullicino
Candidato de la SDC


