El padre, sosteniendo al Niño en sus brazos,
es llamado a apartarse de las preocupaciones de la carpintería
para entregarse a un Arte mayor: el esfuerzo
de unir para un hogar a quien no es suyo, no hueso
de sus huesos ni carne de su carne, pero sí suyo por amor.
Acoger a cualquier niño es dar el propio sí.
La noche oscura es cálida y húmeda; un bebé llora una y otra vez. Las fuerzas de la madre están completamente agotadas; el esposo se levanta. Levantando con ternura al pequeño, camina lentamente por la habitación. Acurrucada bajo la barba protectora que amortigua una nana de voz grave, la cabecita del bebé se va quedando dormida. ¡Qué bendita seguridad en medio de la noche! ¡Mi papá! ¡Él me ama!
¿Consoló José de manera semejante al Niño Jesús durante aquellas noches de verano desconocidas en Egipto? Si fue así, como bien podemos imaginar, hubo un doble consuelo para estos dos exiliados: José, lejos de su patria, y el pequeño Jesús, apartado de su verdadero Hogar. Por supuesto, Jesús sabía que Dios Padre lo amaba; Él y el Padre eran uno. El amor de Jesús, en eterno intercambio con su Padre celestial, también se dirigía con amor hacia su atento custodio, formando así el corazón paternal de José. A través de sí mismo, Jesús dio a José el don de la presencia de Dios; y en la presencia fuerte y amable de José, Él, el niño Jesús, pudo crecer y florecer. Cada uno podía decir del otro, con alegría y gratitud: «¡Él me ama!»
Una bendición dada; una bendición recibida en esas palabras: «¡Él me ama!». Por medio de Jesús, el mismo José habría sabido que Dios había elegido y favorecido al pueblo de Israel y, de manera particular, que él mismo era amado por Dios. Jesús habría aprendido las costumbres del Shabat y las normas de buena conducta. Jesús habría impulsado a José a confiar en el Señor, a tener el valor de aceptar el amor de Dios, aun mientras Él era protegido y guiado por el ejemplo justo de José. El amor de María tanto por Jesús como por José unía a su Sagrada Familia en una santa comunión de tres. ¡Cuánto aprendió cada uno acerca de los caminos del amor del otro, tanto humanos como divinos, en su hogar de Nazaret durante aquellos años ocultos!
Este intercambio es sagrado. El corazón habla al corazón, tanto en las relaciones humanas como entre Dios y el hombre, donde, como en el Magníficat de María: «¡Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador!»
José la escuchó y seguramente cantó con ella, así como quizá alguna vez cantó un magníficat semejante mientras consolaba al pequeño Jesús, que tal vez estaba inquieto por tener que regresar a la tierra de Egipto.
Por medio de la obediencia fiel y del servicio generoso, nuestros amores naturales se vuelven más dulces. Todo es transformado por la inhabitación sobrenatural de Cristo, que nos ama. Ampliada y recogida en Juan 14,23, la vocación humana al Amor, en todas sus dimensiones, queda revelada:
Jesús le respondió: «El que me ama guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él».
Todos pueden elegir vivir en el sublime conocimiento de que «¡Él me ama!» y responder con gratitud y alegría. Con las palabras finales de una canción menos celestial, pero no por ello menos querida, de los The Beatles: «…con un amor así, sabes que tienes que estar feliz».
Ruth D. Lasseter
Asociada de la SDC
Indiana, EE. UU.


