Aunque era muy divertido jugar con mis tres hermanos inquietos y con mis primos, toda aquella energía necesitaba también un contrapeso. El tranquilo refugio de la biblioteca de casa atraía a aquella niña de apenas siete años. En medio de la quietud y de la dorada luz del sol de la tarde, aquel lugar era un remanso de paz para una niña y sus libros, un maravilloso regalo de «silencio y tiempo pausado».
Unos doce años más tarde, mi corazón inquieto, cansado de la vida social universitaria, anhelaba otro refugio de silencio, semejante a la biblioteca de mi infancia. En aquel tiempo, la Capilla Newman de la Universidad de Kentucky permanecía siempre abierta y, durante las noches entre semana, solía estar vacía. La lámpara del Santísimo me señalaba el camino hacia el silencio sagrado, y allí descansaba, agradecida por aquel manantial de paz en medio de una vida ruidosa y sin rumbo.
Poco después comencé a recibir instrucción en la fe católica. Un sacerdote amigo me regaló un libro del difunto Metropolitano Anthony Bloom titulado Beginning to Pray (Comenzando a Orar). ¡Qué tesoro tan singular! ¡Qué diferente de los habituales libritos de devoción destinados a quienes comienzan en la fe! Hubo un pasaje que pareció saltar de las páginas mientras lo leía, profundamente conmovida: «El día en que Dios está ausente, cuando guarda silencio, ese es el comienzo de la oración. No cuando tenemos mucho que decir, sino cuando decimos a Dios: “No puedo vivir sin Ti; ¿por qué eres tan cruel, tan silencioso?”. Saber que debemos encontrarlo o morir es lo que nos hace abrirnos paso hasta ese lugar donde estamos en la Presencia».
Desde entonces me aferré al don interior del silencio de Dios, sin el cual la ansiedad y el cansancio me atenazaban. En medio del bullicio exterior, se me regalaban pequeños momentos de calma y recogimiento, incluso cuando aquel santuario silencioso y su lámpara roja estaban lejos. Durante muchos años, en medio de las constantes necesidades de una familia numerosa, aprendí a vivir en una quietud interior, incluso mientras realizaba activamente otras tareas.
Finalmente, ya en mi vejez, conocí a los Miembros de la Sociedad de la Doctrina Cristiana. ¡Qué gran regalo! A medida que fui incorporando a mi vida las oraciones de El Reloj, sentí resonar en mí el grito dirigido a Dios que brotaba del corazón mismo de San Jorge Preca: «¡No puedo soportar estar separado de tu bondad!». Allí encontré a alguien que comprendía el don único del silencio. Cuando el corazón habla al Corazón en el lenguaje del amor, el silencio bendito se identifica con la bondad misma de Dios.
Santa Teresa de Calcuta confirmó también este misterioso don que, en verdad, supera toda comprensión humana: «Dios habla en el silencio del corazón… y nosotros escuchamos. Después hablamos desde la plenitud de nuestro corazón y Dios escucha. Y esta escucha, esta oración, es unión con Dios…».
Después de asistir recientemente a la Adoración Eucarística, mi hija me contó que había imaginado la Hostia consagrada como una especie de botón que une el manto velado de Dios con el tejido de la humanidad. En efecto, reposando en la Custodia, Jesús nos revela sus dos naturalezas, unidas en Él. En el año 451 d. C., el Concilio de Calcedonia afirmó que las dos naturalezas de Cristo están unidas «sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación». Aunque la Unión Hipostática es una doctrina profunda, incluso un niño puede comprender aquello que une el cielo y la tierra en la santidad de una Hostia, ¡pequeña como un botón!
¡Venid, adorémosle: Cristo nuestro Señor, el Don del Silencio Bendito!


