Así es la Navidad en nuestra época.
Pero, ¿es esto realmente la Navidad?
Uno de los acontecimientos más grandes de la historia humana no se parecía en nada a estas celebraciones. La venida del Mesías fue anunciado a una joven doncella sencilla, en un pequeño y casi olvidado pueblo. Después de recibir esta revelación, María se apresuró a servir a su prima Isabel. El viaje a la humilde ciudad de Belén fue arduo y, al llegar, María y José no encontraron ni un solo lugar en la posada. No hubo comodidad ni lujo rodeando el nacimiento de Jesús; y los primeros en contemplarlo fueron unos pastores, humildes y marginados por la sociedad. Fueron ellos quienes se convirtieron en los primeros heraldos, contando a todos los que encontraban las maravillas que habían visto y oído. Así, de esta manera, el Hijo de Dios entró en nuestra humanidad. Esta fue la primera Navidad.
En un mundo donde la extravagancia siempre ha predominado —donde lo costoso, lo placentero, lo poderoso y lo rico dominan— Dios mismo, mediante el nacimiento de Jesús, quiso mostrarnos que la paz, y lo que es verdaderamente valioso, llega por otro camino. “Jesús nació en un establo humilde, en el seno de una familia pobre. Los primeros testigos de este acontecimiento fueron simples pastores. En esta pobreza se manifestó la gloria del cielo. Hacerse niño respecto a Dios es condición para entrar en el Reino. Para esto, debemos humillarnos y hacernos pequeños. Aún más: para llegar a ser ‘hijos de Dios’ es necesario ‘nacer de lo alto’ o ‘nacer de Dios’.” (CEC 525–526)
Tal fue la experiencia de Teresa de Lisieux, quien, a los catorce años, todavía esperaba encontrar sus zapatos bajo el árbol de Navidad repletos de regalos. Se ofendía por pequeñeces y se comportaba como una niña pequeña. Aquel año, mientras subía las escaleras, oyó a su padre decir: “¡Gracias a Dios que es la última vez que hacemos tal cosa!”. En lugar de dejar que su corazón se hiriera, Teresa volvió a bajar, abrió sus regalos y se alegró como si no hubiese escuchado nada. La Navidad de 1886 se convirtió para ella en un momento de profunda conversión, que le enseñó a valorar las cosas pequeñas y sencillas de la vida y a no esperar nada. Más tarde escribiría a su hermana: “Bien sabes que el Señor no mira cuántas obras grandes realizamos, ni su dificultad, sino el amor con que las hacemos.” (Carta a Celina) “No pierdas nunca la ocasión de hacer hasta el más pequeño sacrificio, aquí con una sonrisa, allí con una palabra amable; realiza siempre bien las acciones más pequeñas y haz todas las cosas con amor.” (Historia de un alma)
¿No es esta la esencia de la primera Navidad? Que Dios, que es Amor, nació por ti y por mí en las más humildes circunstancias, revelando así el inmenso poder de las cosas pequeñas. Y así, seas quien seas, en las circunstancias en que te encuentres, con riquezas o sin ellas, en la alegría o en la adversidad, tú también puedes participar de la gracia de la Navidad este año.
En palabras de San Juan Pablo II, “el misterio de la Navidad nos invita a redescubrir la fuerza santificadora de las cosas pequeñas realizadas con gran amor. Dios se hizo pequeño para que no temiéramos acercarnos a Él.” (Mensaje de Navidad, 1998)


