La devoción a la Santísima Virgen María es una señal profundamente reconfortante y hermosa en la vida de quien verdaderamente ama y sirve a Dios. La devoción genuina brota de un corazón que teme al Señor y busca vivir conforme a su voluntad. María ofrece su gracia a quienes siguen fielmente los caminos de Dios.
Muchos santos han enseñado que honrar a María es señal de estar llamados a compartir la vida eterna. Cuando María visitó a su prima Isabel, proclamó con alegría que todas las generaciones la llamarían bienaventurada. Esta bendición es especialmente cierta para aquellos a quienes Dios ha elegido para morar con Él para siempre en gloria. Aunque muchos en la tierra no la conozcan ni crean en ella, sus palabras permanecen firmes y verdaderas.
Quienes honran sinceramente a María pueden tener la seguridad de que han recibido un don precioso de Dios. Su devoción no es una coincidencia, sino un signo visible de la misericordia de Dios ya presente en sus vidas.
Gracias a la poderosa intercesión de María, innumerables almas han encontrado el camino al cielo. Por eso se la llama con razón la Puerta del Cielo. Por ella vino Jesús al mundo, y por ella las gracias de Dios continúan fluyendo sobre quienes anhelan la salvación. Cristo la eligió como su Madre, nació de ella y, a través de ella, comenzó su misión salvadora, que culminó en su resurrección y reinado eterno.
María sigue siendo el camino por el cual los fieles se acercan a Dios. Con confianza, llamamos a esta puerta, confiando en que, con su ayuda, seremos guiados de las pruebas de la vida hacia la paz eterna.
Vivir en reverente temor de Dios es encontrar una profunda paz en María. Ella es motivo de alegría para todos aquellos destinados a morar para siempre en la presencia de Dios.
Alégrate, oh Virgen María,
porque has hallado gracia ante Dios.
Tú que creíste en las palabras del Arcángel Gabriel.
Siendo virgen, diste a luz a un hijo,
Dios hecho hombre, y después del parto,
permaneciste virgen pura.
Oh Madre de Dios, intercede por nosotros.


