La doctrina de la Inmaculada Concepción se refiere a un privilegio singular concedido a la Virgen María desde el mismo comienzo de su existencia. Por un favor divino especial y anticipando los méritos salvadores de su Hijo, Jesucristo, María fue preservada de la mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción. Este estado excepcional significó que fue concebida y nació sin pecado.
Esta gracia singular se destaca en la salutación angélica, “Ave, gratia plena” o “Dios te salve, llena de gracia”, que confirma que María estaba totalmente adornada con la gracia santificante. A diferencia de los demás seres humanos que heredan el pecado original, María comenzó su vida poseyendo ya ese “don precioso” que hace al alma agradable a Dios y la convierte en hija de Dios.
Además, María conservó diligentemente esta gracia, cooperando activamente con ella mediante una vida santa y aumentándola a cada momento, hasta rebosar de méritos para el cielo. Esta riqueza espiritual fue destacada por teólogos como San Agustín, quien enseñó que la Madre de Dios fue más bienaventurada por concebir a Cristo en su corazón mediante la gracia santificante que por llevarlo físicamente en su seno. Su perfecta santidad ejemplifica el destino prometido a quienes reciben y custodian esta gracia transformadora, haciéndola coheredera con Cristo.
Pidamos que, por la intercesión de María, la Inmaculada Concepción, recibamos la gracia de recordar que el pecado grave nos priva de la gracia de Dios y de no retrasar la purificación del corazón en el sacramento de la Penitencia cada vez que caigamos.


