La Semana Santa en los centros del SDC alrededor del mundo fue un tiempo de profundo silencio y reflexión espiritual sobre la vida y la Pasión de Jesucristo. Se llevó a cabo un programa especial durante toda la semana, en el cual los presentes recordaron momentos de la vida de Jesús en los que experimentó tristeza y sufrimiento. Esto tenía como objetivo ayudar a los participantes a sufrir con Jesús y dejarse inspirar por el Espíritu de Cristo. Cristo Crucificado fue el centro de cada encuentro.
Una celebración más profunda y significativa tuvo lugar el Jueves Santo, tarde por la noche después de la Santa Misa, cuando todos fueron invitados a adorar el rostro de Jesucristo. Su rostro fue venerado mediante un beso, tanto en gratitud como en dolor por los insultos que sufrió en su Divino Rostro: el beso de la traición, los golpes y los escupitajos.
De manera similar, el Viernes Santo, día de nuestra redención, los participantes veneraron las Cinco Llagas de Jesús, pidiendo a Dios que mire a su Hijo como el único Abogado y Víctima por nuestros pecados, y buscando misericordia, paz y sanación para todos.
El Sábado Santo fue un día de silencio y reflexión, en espera de la victoria prometida de Jesús sobre la muerte.
La Semana Santa culminó con la gozosa Resurrección el Domingo de Pascua, marcada por una celebración en la que todos se alegraron con Jesucristo de Nazaret por su triunfo sobre el pecado y la muerte. Todos los presentes recibieron una figolla en forma de cordero, un dulce tradicional maltés de Pascua, que simboliza a Jesús como el Cordero de Dios.


